El 8 de enero un hombre que viajaba solo hacia Pergamino volcó en la ruta y quedó atrapado dentro del auto. Nueve horas. A oscuras. Sin poder llamar a nadie y gritando “auxilio” sin que nadie lo encuentre. Cuando al fin lo rescataron, dejó una frase que contrasta con el temperamento veraniego y argentino: “No me desesperé nunca”.
La escena tiene algo profundamente argentino y estacional. En enero, las rutas son un estado mental: calor, regreso, cansancio, aceleración. Un país que se excita con facilidad —y se desespera todavía más fácil— circula con la sensación de que todo es urgente. Por eso descoloca que, en medio de un episodio que podía terminar mal, alguien haya sostenido la calma como método de supervivencia.
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Habló el hombre que volcó y espero 9 horas la ayuda
Esa calma parece escrita por María Elena Walsh y su clásico donde “nada el pájaro y vuela el pez”, “un año dura un mes”. O el de Luca Prodan y Sumo: “Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos”.
Si Carlos “Coco” Bello, el automovilista que atrapado y dado vuelta, pudo imaginar esa música, esa playlist contra el mundo del “derecho”, debe haber competido en extremo opuesto con el zumbido de autopista: ese sonido blanco de neumáticos y de viento que, en la ruta, reemplaza a cualquier pensamiento.
En la espera, el tiempo se vuelve otro tiempo, como si la realidad se diera vuelta.
La isla de cemento en Buenos Aires: quedar fuera de cuadro a metros del tránsito
J. G. Ballard, el escritor inglés de ciencia famoso por su autobiografía que Steven Spielberg llevó al cine, El imperio del sol, dueño de un estilo que supo convertir reportes médicos y documentos duros en nafta literaria, hizo de la ciencia ficción una autopsia del presente.
Y también una autopista: entre cuentos, ensayos y novelas, Ballard dejó su trilogía del desastre urbano: Crash (llevada al cine por David Cronenberg), La isla de cemento y Rascacielos (también tuvo adaptación imperdible y está en Netflix: una guerra creciente entre vecinos de distintas clases sociales dentro de un edificio lleno de amenities).
Es justamente en La isla de cemento donde un arquitecto llamado Robert Maitland sufre un accidente y cae en un hueco de autopistas de Londres: queda varado a metros del tránsito, dentro del sistema, pero fuera de la mirada. Lo más inquietante no es el choque: es su invisibilidad a metros del asfalto.
Nadie lo ve. Nadie se detiene. Pasan los días y el protagonista junta comida tirada desde los autos, se arma un refugio y aprende el mapa del lugar como si fuera un territorio propio. Un isleño del cemento al costado de la ruta. Y ni siquiera está claro, al final dela novela, si quiere escapar.
Algo de esa ceguera circula también en la noticia de este verano y su conductor accidentado: un auto dado vuelta cerca de la ruta, pero “fuera de cuadro”, como si el mundo pasara sin registrar lo que tiene al lado. Pudo ser tragedia.
La ruta tiene algo de cinta transportadora: lleva, trae y escupe. En enero, con el calor y el regreso, esa cinta va más rápido, o se hace eterna. El auto quedó volcado en el pastizal, a metros de la ruta 8: pasaron camiones, luces y bocinazos toda la noche, pero desde el asfalto no se veía nada.
Volver de la costa o de un paseo de verano suele ser volver a “la normalidad”. Pero alcanza un mínimo desvío o un error para quedar varado en el borde: una isla de cemento, un pastizal al costado de la ruta. Un hueco del sistema. A metros de todos, mientras el tiempo se estira.
Y la pregunta: ¿cómo puede pasar tanto alrededor y que nadie nos vea?
